¿Quién
podrá explicar la alegría que
provocaba en su espíritu la belleza
de las flores, al contemplar la galanura de
sus formas y al aspirar la fragancia de sus
aromas? Al instante dirigía el ojo de
la consideración a la hermosura de aquella
flor que, brotando luminosa en la primavera
de la raíz de Jesé, dio vida
con su fragancia a millares de muertos y, al
encontrarse en presencia de muchas flores les
predicaba, invitándolas a loar al Señor,
como si gozaran del don de la razón.
Y lo mismo hacía con las mieses y las
viñas, con las piedras y las selvas,
y con todo lo bello de los campos, las aguas
de las fuentes, la frondosidad de los huertos,
la tierra y el fuego, el aire y el viento,
invitándoles con ingenua pureza al amor
divino y a una gustosa fidelidad. En fin, a
todas las criaturas las llamaba hermanas, como
quien había llegado a la gloriosa libertad
de los hijos de Dios, y con la agudeza de su
corazón penetraba, de modo eminente
y desconocido a los demás, los secretos
de las criaturas. Y ahora, ¡oh buen Jesús!,
a una con los ángeles, te proclama admirable
quien, viviendo en la tierra, te predicaba
amable a todas las criaturas. (Sec.II. Biografías
y documentos de la época) |